Muchas veces me encontré ingresando a la sala de maestros y sin darnos cuenta, cada uno entraba con una preocupación distinta.
Casi a manera de queja, unos por alguna secuencia que había que revisar y corregir…
Otro colega que había quedado preocupado después de una entrevista de familia…
Casi todos hablando de la escasez de tiempo…
Y naturalmente, nos empezamos a unir y dialogar sobre las responsabilidades y el agobio que eso generaba.
Conclusión: el corto tiempo compartido fue interrumpido por el timbre de finalización del recreo y volvimos al aula con más incertidumbre que al comienzo.
Los docentes planificamos para mejorar la autoestima de nuestros estudiantes, pero…
¿Y por casa cómo andamos…?
¿Qué pienso de mi mism@?
¿Qué imagen tengo de mí?
¿Llevo una vida significativa según mis expectativas?
Nuestras responsabilidades, exigencias en la vida y los distintos lugares en los que nos relacionamos, nos hacen perder de vista nuestros deseos, nuestro verdadero potencial y a veces, hasta las ganas de hacer.
¿Diferencio un reproche de una crítica?
¿Cómo, cuando y de qué manera pongo límites a los demás?
¿En qué momento me llamo a silencio?
En fin…
Es importante recurrir a nuestra famosa palabra: autoevaluación
Entonces: me observo
- Detallo mis capacidades para enfrentar retos
- Miro mis puntos débiles
Y éstos dos, sin juzgarme, porque ambos son saludables.
Y así poder concluir en una valoración, en un juicio coherente, que pueda dar cuenta de QUIEN SOY.
Esta autoevaluación puedo lograrla a partir de un conocimiento emocional, que, al igual que el aprendizaje, es un proceso.
Que me permite pararme en el aquí y ahora y respetar mis tiempos. ¿Cómo?
- hablándome con respeto
- cuidándome: cuerpo y mente
- rodeándome de personas positivas
- potenciando mis valores
Tengo que ser sincera y expresar que pasé muchos años de mi carrera en ese estado.
Por un lado, las ganas de hacer muchas cosas el aula, o en la escuela y por otro lado el cansancio que lo impedía.
Porque nos cuesta separar y priorizar.
Que no es tarea fácil.
Si se quiere, pasamos horas en el aula y éste se transforma en un espacio más de nuestra vida.
Pero… cuando termina el trabajo llegamos a nuestra casa. (Y tampoco quiere decir que nos alejamos de la tarea docente, porque siempre queda algo para hacer…)
Y ahí viene la decisión:
- Disfruto de mi casa y me olvido de todo
- Hago lo de la escuela.
- Me dedico un poquito a los dos.
Hay quienes tomar la decisión no les complica la vida, y otros que entran en un círculo vicioso que no tiene fin.

Posibles y humildes sugerencias:
- Disfrutar al máximo los lugares por los que transitamos solicitando la ayuda necesaria para cada ocasión.
- Hacer pausas y testearnos: ¿Cómo me siento? ¿Qué quiero hacer? ¿Qué no quiero hacer?
- Decir NO! Con la misma tranquilidad con la que respiro digo: “Hoy no puedo.” “Todavía tengo que terminar “x” trabajo”. Hoy lo dedico a mis hijos, etc.
Ahora camino hacia el espejo y pregunto:






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